Ayer me quedé sin laburo
¡Hola!
¿Cómo estás, conocido? ¿Todo bien, futuro colega? ¿Chusma de Facebook, en qué andás?
¿Viste cuando cerrás la puerta de donde sea que guardás los platos, y sentís el CHASSSS PRAKPUMPAMCHISS? ¿Sabés como se llama ese sonido? El sonido del problema de alguien más.
¡Cuánto coraje hay que tener para abrir ese placarcito! No creo haber conocido nunca a este héroe moderno que se fija si los platos están bien, para que la próxima víctima del hambre no sucumba ante la sorpresa de: a) un montón de platos rotos, o b) un plato en la carucha.
Luego de haberte seducido con el título de esta entrada, quiero dejarte un planteamiento. O más bien un cuestión: ¿Qué personaje me interpreta a mí en este relato platero?
¿Soy la persona que cerró esa puerta, con ansias de salir corriendo y la necesidad de ahondar en otros caminos en la vida que no incluyan vajilla?
¿Soy quien encontró un destino no planeado al abrir esa puerta, el cual que seguramente terminó con un Made In China estampado en la nariz?
¿O soy el plato, que depende de otros para armarse o desarmarse, para servir un propósito o quedarse juntando polvo, para golpear, o no golpear caruchas ajenas?
Soy los tres. Soy uno a la vez y todos juntos al mismo tiempo.
Soy una persona que hace cosas que pueden salir bien como pueden salir bizarramente mal. A veces acepto la responsabilidad que tengo que aceptar (y quiero creer que esta situación se da más seguido que otras) y por momentos escapo de mis problemas.
Soy la persona que recibe la vajilla en la cara, pero sé abrir la puertita lentamente, para evitar accidentes.
Soy el plato, dependiente, inexperta, que logra cumplir un propósito hasta el día que ya no lo cumple más.
Pero lo más importante es que soy el placarcito: retengo lo justo, me abro a mundos que me permiten formar parte de ellos, a cocinas distintas, a horarios y hábitos que me abren o me cierran cuando el reloj marca lo que quiere marcar.
No soy un ser todopoderoso. Soy una creativa que ya no tiene su cocina, pero no tiene bisagras rotas. Acá se contienen los platos y las tacitas que la gente vigila para ver si otros usaron la que dice MANYA CORAZÓN.
Termino esta alegoría pidiendo disculpas por las referencias directas a Platón (vieron, por los platos y esas manos) y a Mabrú, el grupo de pop argentino, por sobreusar el principio de causalidad (pasa esto, a veces no, X o X).
¿Cómo estás, conocido? ¿Todo bien, futuro colega? ¿Chusma de Facebook, en qué andás?
¿Viste cuando cerrás la puerta de donde sea que guardás los platos, y sentís el CHASSSS PRAKPUMPAMCHISS? ¿Sabés como se llama ese sonido? El sonido del problema de alguien más.
¡Cuánto coraje hay que tener para abrir ese placarcito! No creo haber conocido nunca a este héroe moderno que se fija si los platos están bien, para que la próxima víctima del hambre no sucumba ante la sorpresa de: a) un montón de platos rotos, o b) un plato en la carucha.
Luego de haberte seducido con el título de esta entrada, quiero dejarte un planteamiento. O más bien un cuestión: ¿Qué personaje me interpreta a mí en este relato platero?
¿Soy la persona que cerró esa puerta, con ansias de salir corriendo y la necesidad de ahondar en otros caminos en la vida que no incluyan vajilla?
¿Soy quien encontró un destino no planeado al abrir esa puerta, el cual que seguramente terminó con un Made In China estampado en la nariz?
¿O soy el plato, que depende de otros para armarse o desarmarse, para servir un propósito o quedarse juntando polvo, para golpear, o no golpear caruchas ajenas?
Soy los tres. Soy uno a la vez y todos juntos al mismo tiempo.
Soy una persona que hace cosas que pueden salir bien como pueden salir bizarramente mal. A veces acepto la responsabilidad que tengo que aceptar (y quiero creer que esta situación se da más seguido que otras) y por momentos escapo de mis problemas.
Soy la persona que recibe la vajilla en la cara, pero sé abrir la puertita lentamente, para evitar accidentes.
Soy el plato, dependiente, inexperta, que logra cumplir un propósito hasta el día que ya no lo cumple más.
Pero lo más importante es que soy el placarcito: retengo lo justo, me abro a mundos que me permiten formar parte de ellos, a cocinas distintas, a horarios y hábitos que me abren o me cierran cuando el reloj marca lo que quiere marcar.
No soy un ser todopoderoso. Soy una creativa que ya no tiene su cocina, pero no tiene bisagras rotas. Acá se contienen los platos y las tacitas que la gente vigila para ver si otros usaron la que dice MANYA CORAZÓN.
Termino esta alegoría pidiendo disculpas por las referencias directas a Platón (vieron, por los platos y esas manos) y a Mabrú, el grupo de pop argentino, por sobreusar el principio de causalidad (pasa esto, a veces no, X o X).
Blondie en Bondi
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